domingo, 1 de junio de 2014

No lloren por mì.

"Hijas de Jerusalén, no lloren por mì; lloren màs bien por ustedes y por sus hijos. Pues llegarà el tiempo en que digan: Dichosas las estèriles".
(Lucas 23:28-29).

Jesús va rumbo al monte de la Calavera a entregar su vida por nosotros, en el camino, mujeres piadosas y sabidas de que Jesús es inocente del sufrimiento que le acompaña, lloran delante de èl. El se detiene un momento y les profetiza: "Hijas de Jerusalén, no lloren por mì, pues vendrán tiempos màs duros para ustedes y sus hijos". Pero ellas no lo entendieron hasta que fue demasiado tarde.

Alrededor de 35 o 37 años después de la muerte de Cristo, el Imperio Romano destruye Jerusalén y no queda de ella, piedra sobre piedra. Es allì en donde se cumple la profecía, los hombres son asesinados, las mujeres son violadas, los niños son asesinados como parte de un juego de los sanguinarios soldados romanos, un soldado tiraba al aire a un recién nacido, mientras otro lo recibìa con su lanza al bajar. Y es màs, esa profecía tiene un segundo cumplimiento según palabras del mismo Jesús en Mateo 24. ¿Lloramos por Jesús o estamos llorando por nosotros mismos y nuestros hijos? ¿Estamos preparados o estamos jugando a ser cristianos?

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